Hay una pregunta que aparece tarde o temprano en muchas familias y que, sin embargo, se comenta
bastante menos de lo que cabría esperar. No tiene que ver con el niño que tiene TDAH, sino con su
hermano.
A veces son los propios padres quienes la plantean durante una sesión. Otras veces aparece de
manera indirecta, casi como un comentario sin importancia:
“Últimamente el pequeño también está más contestón”, “La mayor parece enfadada todo el tiempo” o “Ahora el que nos preocupa es el otro”.
Es fácil entender por qué ocurre. Cuando uno de los hijos necesita más ayuda, más supervisión o
más tiempo por parte de los adultos, el equilibrio familiar cambia sin que nadie lo haya decidido.
No es cuestión de querer más a un hijo que a otro. Simplemente hay situaciones que exigen una
atención constante. Hay agendas llenas de revisiones, reuniones con el colegio, sesiones de
intervención, deberes que requieren acompañamiento y conflictos cotidianos que consumen mucha
energía.
Mientras tanto, el hermano que aparentemente no presenta dificultades suele convertirse en “el que
no da problemas”. Y esa etiqueta, aunque pueda parecer positiva, también tiene sus riesgos.
Muchos niños aprenden muy pronto que sus padres ya tienen suficientes preocupaciones. No
siempre lo expresan con palabras, pero empiezan a reservarse algunas cosas. Evitan contar que han
tenido un mal día, minimizan sus enfados o asumen responsabilidades que no les corresponden.
Esto suele confundirse con madurez y a veces incluso reciben elogios por ello. Sin embargo, esa
“madurez” puede esconder la sensación de que no hay espacio para sus propias necesidades. En otras ocasiones sucede justo lo contrario. El hermano empieza a portarse peor. Discute más, desafía las normas o reclama atención de formas que antes no utilizaba. No necesariamente porque esté imitando al otro, sino porque ha descubierto que el conflicto también acerca a los adultos.
Ni una reacción ni la otra deberían interpretarse como un problema de conducta en sí mismo. Suelen ser maneras diferentes de adaptarse a una situación familiar que, aunque se viva con cariño, también implica renuncias.
Esto no significa que los padres estén haciendo algo mal. De hecho, la mayoría hace muchos esfuerzos para repartir el tiempo y la atención entre todos los hijos. El problema es que el tiempo es limitado y la sensación de injusticia no siempre desaparece con las mejores intenciones.
Quizá por eso merece la pena buscar pequeños momentos exclusivos para cada hijo. No hace falta
organizar grandes planes. A veces basta con salir a comprar el pan juntos, dar un paseo o una conversación sin que todo termine girando alrededor del hermano con TDAH.
Las familias suelen preocuparse mucho por que el niño con TDAH reciba la ayuda que necesita, y
es lógico que así sea. Pero nunca hay que perder de vista al otro hijo que parece desenvolverse bien.
No para buscar problemas donde no los hay, sino para recordarle que es importante y qué tiene
también un lugar importante en la familia.
Adrián Pérez
Psicólogo General Sanitario
