En los últimos años se ha hablado mucho de las dificultades que tienen los niños con TDAH para
mantener la atención. Es lógico que sea así, porque suele ser uno de los motivos de consulta más
frecuentes. Sin embargo, a veces esa idea acaba transmitiendo una imagen incompleta.
Parece que estos niños no consiguen concentrarse en nada durante mucho tiempo, y cualquiera que conviva con ellos sabe que no siempre es así.
Muchos padres describen situaciones que, vistas desde fuera, parecen difíciles de encajar. Un niño
que no aguanta diez minutos haciendo los deberes puede pasarse buena parte de la tarde construyendo con Lego, dibujando personajes, aprendiendo nombres de dinosaurios o viendo vídeos sobre astronomía. Algunos llegan a conocer tantos detalles sobre un tema que terminan corrigiendo a los propios adultos.

No deja de ser curioso que esas mismas familias, cuando cuentan estas cosas, a menudo lo hagan con cierta preocupación. “Es que solo habla de esto”, “parece obsesionado” o “siempre quiere hacer lo mismo”. En parte es comprensible. Cuando un interés ocupa demasiado espacio en la vida de un niño es normal preguntarse si eso puede convertirse en un problema.
Lo cierto es que muchas de estas aficiones cumplen una función importante. Hay niños que pasan buena parte del día escuchando lo que hacen mal, lo que han olvidado o aquello en lo que deberían mejorar.
Tener un espacio en el que se sienten competentes cambia bastante las cosas.
No es solo una cuestión de entretenimiento. Es uno de los pocos momentos en los que dejan de ser “el niño al que hay que ayudar” para convertirse en quien sabe hacer algo especialmente bien.
Eso no significa que todo valga. Como ocurre con cualquier otra afición, habrá que poner límites
cuando interfiera con el descanso, las relaciones con los demás o las obligaciones diarias. Pero una
cosa es poner límites y otra muy distinta intentar que desaparezca ese interés porque nos parece
excesivo.
En consulta sorprende comprobar cómo cambia la actitud de algunos niños cuando se les pregunta
por aquello que les gusta. Los que apenas participan durante buena parte de la sesión empiezan a
hablar sin dificultad, utilizan un vocabulario muy preciso y muestran una seguridad que hasta ese
momento no había aparecido. No son niños distintos. Son los mismos, solo que están hablando de
un terreno que dominan.
Quizá por eso merece la pena mirar esas aficiones con un poco menos de recelo. No hace falta
convertirlas siempre en una oportunidad educativa ni pensar que acabarán siendo una profesión. A
veces son simplemente una de las pocas actividades en las que el esfuerzo deja paso al disfrute. Y
eso, en algunos momentos de la infancia, ya tiene bastante valor.
Adrián Pérez
Psicólogo General Sanitario.