Uno de los comentarios que más escuchamos en consulta es: “Si al final lo hace, ¿por qué tarda tanto en empezar?” Muchas familias describen la misma situación: el niño sabe que tiene que
hacer los deberes, incluso reconoce que cuanto antes empiece antes terminará, pero pasan los
minutos y sigue dando vueltas por la casa, mirando cualquier cosa o diciendo continuamente:
“Ahora voy”.
Es fácil interpretar esta conducta como falta de interés, pereza o incluso desafío. Sin embargo, en
muchos niños con TDAH lo que está ocurriendo es algo diferente: tienen dificultades para poner en
marcha una acción, aunque sepan perfectamente cuál es el siguiente paso.
Desde la psicología hablamos de las “funciones ejecutivas”, un conjunto de habilidades que nos
permiten planificar, organizar, cambiar de una actividad a otra y, sobre todo, iniciar una conducta
dirigida a un objetivo. Estas funciones dependen de distintas áreas del cerebro y, en el TDAH,
pueden desarrollarse de forma diferente. Por eso, conocer lo que hay que hacer no siempre implica
poder empezar a hacerlo con facilidad.
Podemos imaginarlo como un coche que tiene el destino programado en el navegador, combustible
suficiente y un conductor dispuesto a salir, pero cuyo motor tarda mucho más de lo habitual en
arrancar. El problema no está en saber adónde ir, sino en conseguir iniciar el movimiento.
Esta dificultad suele generar un círculo de incomprensión. Los adultos insisten para que el niño
empiece, el niño siente cada vez más presión y esa presión aumenta todavía más el bloqueo.
Finalmente, la tarea comienza entre discusiones y frustración para todos.
En estos casos, pequeñas modificaciones en el entorno pueden marcar una diferencia importante.
Dividir una tarea en pasos muy concretos, reducir el número de instrucciones simultáneas o
acompañar únicamente el inicio de la actividad suele resultar mucho más eficaz que repetir
constantemente “empieza ya”. En ocasiones, basta con ayudar al niño a dar el primer paso; una vez
ha comenzado, mantener la actividad suele ser más sencillo.
También es importante recordar que no todos los días serán iguales. El cansancio, el estrés o una
jornada escolar especialmente exigente pueden hacer que iniciar cualquier tarea resulte todavía más
difícil. Esto no significa que el niño haya perdido capacidades, sino que dispone de menos recursos
para utilizarlas en ese momento.
Comprender estas dificultades no implica rebajar las expectativas ni evitar que el niño asuma
responsabilidades. Significa adaptar la ayuda al funcionamiento de su cerebro para favorecer que
pueda desarrollar su autonomía. Al fin y al cabo, el objetivo no es hacer las cosas por él, sino
ofrecer el apoyo necesario para que, poco a poco, aprenda a hacerlas por sí mismo.
En muchas ocasiones, el cambio más importante no consiste en exigir que empiece antes, sino en
entender por qué le cuesta tanto empezar. Ese cambio de mirada suele reducir los conflictos
familiares y permite que el aprendizaje se produzca en un clima de mayor confianza y colaboración.
Adrián Pérez
Psicólogo General Sanitario
